SOBRE TODO, LA HONRADEZ
Por El Hermano Pablo
Era una operación de rutina, una que siempre tenía que hacerse. Se trataba de revisar todo el automóvil para ver si había desperfectos u objetos olvidados en él. Así que Laura y Leonel, dos empleados de una compañía que alquila autos en San Francisco, California, se abocaron a la tarea.
Cuando abrieron el baúl del coche se llevaron la primera sorpresa. Hallaron un maletín negro, casi nuevo. Cuando abrieron el maletín se llevaron la segunda sorpresa: adentro había una bolsa plástica llena de billetes. Y cuando abrieron la bolsa se llevaron la tercera sorpresa: los billetes, bien contados, sumaban seis millones, doscientos mil dólares, todo en efectivo.
¿Qué hicieron estos dos jóvenes, empleados de la compañía de carros de alquiler? No cavilaron. Ni siquiera por un momento titubearon. Llamaron a la policía y entregaron todo el dinero a las autoridades. Esto era, sin duda, producto de algún contrabando de drogas.
Sin embargo, esa no fue la última sorpresa. Cuando entregaron el dinero a las autoridades competentes, éstas los recompensaron. El gobierno le dio a cada uno setenta y cinco mil dólares. "La honradez paga", manifestaron las autoridades.
He aquí un caso poco común. No es todos los días que se encuentran seis millones de dólares, y desgraciadamente no todos los que se llevan la sorpresa de hallar tal tesoro los devuelven. La primera tendencia humana es quedarse con todo para disfrutarlo a solas. Menos mal que todavía queda algo de decencia en los seres humanos, algo que se llama conciencia.
Ese hombre y esa mujer, humildes trabajadores con magro salario, procedieron conforme a su conciencia. Denunciaron el hallazgo sin esperar nada a cambio, pues consideraban que no habían hecho más que cumplir con su deber. Su conciencia se impuso sobre la tentación de ganancia deshonesta.
¿Será posible proceder siempre conforme a una conciencia recta y justa? Debiéramos considerar esta pregunta como un insulto. Seguro que sí es posible. Obviamente, si no tenemos conciencia de Dios, miraremos todo con interés egoísta y utilitario. Pero si tememos a Dios y tenemos a Cristo como Señor y Maestro, entonces tendremos una conciencia sensible, y será fácil ser honesto, íntegro, intachable y puro, y no con miras a recibir una recompensa.
Cuando Cristo es el Señor de nuestra vida, el Espíritu de Dios vive en nosotros y renueva nuestra conciencia, de modo que podemos dormir en paz.