El pasado domingo, el último del mes de Julio, se festejó en el país el día de los padres. Yo soy padre. No me cuestiono sobre si soy buen o mal padre. No es algo que me toca a mí valorar. Entiendo que tengo numerosos defectos como persona que, sin duda se reflejarán en mis pensamientos y actuaciones como padre, pero por encima de mis múltiples defectos y errores de actuación, hago el esfuerzo por ser el mejor padre posible.
Ser padre es algo que no se enseña en la escuela, de modo que es independiente del grado académico que se posea. En mi época de infancia, tenía gran importancia dentro del plan de estudios de la enseñanza básica, la moral y cívica. En dicha materia se resaltaban los valores morales que debe adquirir y preservar todo individuo a lo largo de su vida y en el desempeño de los diferentes roles que le toque desempeñar. Hoy apenas se menciona dicha materia; es más, creo, incluso, que ya no forma parte de la enseñanza escolar, y si lo es, carece ya de la relevancia que se le atribuía en tiempos pasados. Posiblemente influya en esto el criterio de respeto a la libertad individual que ahora prevalece y que se aplica en todas las etapas de la vida.
En el aprendizaje de ser padre influye mucho lo que se vive, se lee y se observa. La primera enseñanza se obtiene en el hogar, donde se toman los padres propios como modelo, sean estos buenos o no. Entiende el niño que todo lo que hace su padre es lo correcto, lo que se debe hacer, y rechaza toda opinión contraria. Todavía a los 7 años, el criterio del niño es que su papá es un sabio que lo sabe todo. Es después de los catorce, ya iniciada la adolescencia, cuando el joven comienza a razonar, formarse juicios y hacer cuestionamientos, y tras evaluar las actuaciones del padre, se dice: “Me parece que papá se equivoca en algunas de las cosas que dice”.
Lo que se lee, sobre todo si tiene carácter formativo en la esfera moral, influye favorablemente en el aprendizaje de ser padre. Los libros de reflexiones y los religiosos siempre motivan a tomar como guía los buenos ejemplos y a imitarlos. Abren ya la posibilidad en el pensamiento de que existen otras opciones a tomar en cuenta, además de la del padre.
Y lo que se ve es definitivamente trascendente. Y hay que aclarar, que las observaciones válidas no se limitan a la raza humana, incluyen también a los animales. Y existen muchos animales que enseñan mucho al hombre sobre las correctas funciones de la paternidad.
En el hombre, el adecuado desempeño de la paternidad tiene mucho que ver con que la misma sea una paternidad responsable. Esto, desde luego, significa que la procreación es solo la parte inicial de la paternidad, y la más fácil. La forma en que el futuro padre afronte el embarazo resultado de su fecundación a su esposa o compañera sexual y su comportamiento con ella durante la duración de su gestación, dirá mucho de la forma en que afrontará sus responsabilidades paternas después del nacimiento de su hijo. Si se limita a resolverle los gastos propios del embarazo sin darle apoyo afectivo y resaltar su amor por ella durante esta etapa, lo mismo hará con los hijos. Les dará ropa, sustento y pagará su escuela, pero nada más. No habrá lugar para una relación padre-hijo fecunda y formativa. Será un padre proveedor de bienes materiales, pero no pasará de eso; en cierto sentido, seguirá siendo un extraño o un simple conocido o amigo casual en la esfera emocional del hijo y no el mejor de sus amigos, como es lo ideal.
Se olvida en esos casos, que los hijos en la medida que crecen y evolucionan van valorando y calificando a sus padres. Aun en los casos en que se logra una relación emocional estrecha padre-hijo, la concepción del hijo sobre el padre va cambiando. Así, a los 20, piensa que su padre está un poco atrasado en sus teorías, las que considera atrasadas para la época. A los 25, entiende que “el viejo no sabe nada…”, que decididamente está chochando. Y es apenas a los 30, en los casos en que existe una buena relación padre-hijo, cuando ante la necesidad de tomar una decisión delicada el hijo se pregunta si debe ir o no a consultar el asunto con el viejo, quien tal vez pudiera darle un buen consejo. A los 45, habiendo ya madurado, entonces el hijo de un buen padre lamenta su muerte y se dice con pesar, “la verdad es que el viejo tenía una clarividencia notable”. Y desde luego, a los 60, estando ya lejana la muerte del padre, y siendo el propio hijo ya un anciano, entonces razona como lo hacía cuando tenía 7 años y se dice: “Papá era un sabio, lástima que yo lo haya comprendido tan tarde”.
Entre los 25 y los 30 años de edad, cuando el hijo piensa que su padre no sabe nada, que es anticuado, que está chochando, generalmente lo trata con dureza y le tiene poca paciencia.
Siempre recuerdo una historia que ilustra muy bien esa situación, pero que por fortuna tuvo un final feliz. Se trata de un padre anciano que estaba sentado con su hijo adulto en una banca del parquecito enfrente de su casa. El hijo leía el periódico con mucho interés. De pronto el padre observó a un pajarito que se posó cerca de ellos. Mirando el pajarito, el padre preguntó a su hijo: “¿Qué es eso?”, a lo que el hijo contestó, casi sin poner atención: “Un pajarito”. Aparentemente no satisfecho, el anciano padre volvió preguntarle al hijo: “¿Qué es eso?” A lo cual el hijo respondió con tono áspero y evidenciando enfado: “Un pajarito, ¿no ves?”. Por tercera vez, el padre le preguntó: “¿Qué es eso?” .El hijo, ya muy molesto, casi gritando le respondió: “¡Ya te dije dos veces que es un pajarito! ¿Es que no entiendes?”
El anciano, triste y avergonzado, dejó al hijo sentado en la banca y sin decir nada más entró en su casa. El padre no tardó en regresar. Traía algo en sus manos. Era un viejo diario de su vida. Lo abrió en silencio y le señaló al hijo una página para que la leyera. El hijo un poco renuente quiso discutir, pero al oír el tono enfático de su padre, procedió o leer. En el diario decía: “¿Qué es eso? Hoy llevé a mi hijo de tres años al parquecito que está enfrente de la casa. Él me preguntó veintiocho veces: “¿Qué es eso?” cuando veía algún pajarito. Cada vez que él preguntaba, yo contestaba: “Es un pajarito”. Luego lo abrazaba y le daba un beso”. El hijo, con lágrimas en los ojos y muy avergonzado, abrazó y besó a su padre tres veces.
Ser buen padre es una tarea difícil y en ocasiones desconcertante, y también lo es la de ser buen hijo. Los humanos tendemos a ser esencialmente egoístas y en nuestro egoísmo, a veces olvidamos que el tiempo no se detiene, que la vida mantiene su ritmo y con el paso de los años crecemos, maduramos y envejecemos. Llegamos a creer que mantendremos siempre la figura y los bríos que llegaron con la juventud, que nunca nos saldrán canas ni arrugas y tendremos permanentemente la fuerza física de los 20 años. Sobre el particular recuerdo que ante una expresión desconsiderada y descortés de su hijo, un anciano débil y tembloroso le dijo: “Como te ves me vi y como me ves te verás”.
Otra cosa que no se debe olvidar es que como humanos erramos y debemos reconocer con humildad los errores que cometemos y nos sean señalados por los hijos u otras personas, y mostrar una buena disposición a la corrección de los mismos y al cambio. Tampoco debemos olvidar, que ante los momentos de gran desconcierto, podemos implorar la ayuda y orientación del Todopoderoso, quien como padre amante, siempre está dispuesto a socorrernos si pedimos su auxilio con sinceridad. dpenanina@hotmail.com
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